Rojo fuego, abandóname,
si solo me vas a quemar, aléjate.
No te quiero cerca
pues tu intensidad no domino
y tus ascuas dejan en mi
silencios convertidos en sombras.
Tú que solo abrasas,
tú que me robaste la alegría,
vete, deja sola al alma mía
para que por fin pueda descansar.
El tiempo te apagará
y entonces
yo barreré las cenizas
que tú dejaste al pasar.
Mas no encuentro el río...
¿Dónde está?
¿Tú lo sabes?
¿Acaso no lo deseas decir?
Quizá tú esperas
que mi alma seguir quiera
siendo de ti prisionera,
muriendo en vida
o viviendo en muerte
así, de esta manera.
Háblame,
escríbeme con tu incandescencia
en aquella carta que eché a tu hoguera
y contéstame a dos preguntas
(esas que solo sabes tú):
Dime por qué secaste mis pupilas
porque quiero llorar y no puedo.
Cuéntame por qué me ahogaste con tu humo
porque, aunque ya no me queda aliento,
quiero morirme y no me muero.
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